Cada día, cuando me dirijo al trabajo, paso por un cruce ferroviario. Es una línea de trenes que recorre algunas de las localidades hacia el noroeste de Buenos Aires. A menudo, la barrera que impide el paso de vehículos cuando viene el tren está quebrada. El mecanismo que la mueve es metálico, pero la barrera en si es de madera, pintada de color blanco y rojo. Cada vez que suena la campana avisando que el tren se acerca, la barrera empieza a descender, y muchos autos, camiones… lo que sea, aceleran con tal de cruzar antes. Claro, ¡esperar es muy tedioso!
Lo singular, es que no falta el camión que logra pasar la cabina, pero no el resto de la carrocería o el acoplado y, claro, golpea la barrera y la quiebra. Incluso tienen algunas piezas de repuesto a unos metros para repararla; es pan de cada día.
Sin embargo, hoy fue distinto. Algo le pegó a esa barrera tan fuerte, que no solo la quiebro, sino que, además, giró todo el mecanismo. Lo que queda de la barrera se asoma hacia la linea del tren, y el maquinista debe disminuir la velocidad en caso de que la barrera baje más y obstruya el paso. No es que el tren no pueda pasar, con sus buenas toneladas de peso, rompería lo que queda de madera y volvería a girar el mecanismo. Pero esa no es la idea…
La primera idea que se me vino a la cabeza es que nuestra naturaleza es justamente así. “Las reglas fueron hechas para romperse”, decimos, y nos encargamos de cumplir esa “máxima” de manera consistente. Somos consistentemente relativos y subjetivos. A veces rompemos una arista de un principio moral; otras veces simplemente giramos por completo nuestra cosmovisión. Esta práctica no nos conviene como hijos de Dios. Él sabe que nuestra vida necesita estabilidad, referentes, e incluso barreras; barreras morales. Estas cosas hacen posible que vivamos dentro de un margen de seguridad en un mundo que es, sencillamente, malo.
Tal como lo dijo el salmista:
“La ley de Dios está en su corazón, y sus pies jamás resbalan” (Sal. 37:31).
