La última palabra

1 11 2010

¿Qué opinión tiene Dios de ti…? ¿La que te imaginas, o la que le corresponde a él como tu Salvador?

Zacarías 3 nos presenta una escena conmovedora. Satanás acusa al sumo sacerdote, Josué, de sus pecados. No estaba equivocado, sus propias vestimentas “viles” (v. 3) reflejan que las palabra del acusador eran acertadas. Sin embargo, el ángel de Jehová, reprende a Satanás y vindica a Josué, lo hace digno, y le cambia sus vestimentas.

Dos opiniones diferentes, dos descripciones opuestas; en ningún momento se negó la realidad moral de Josué, pero la última palabra la tiene Dios. El apóstol Pablo escribió:

“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34).

Interceder es una actividad oral: hablar bien en favor de otra persona. Es lo que Dios hizo en favor de Josué (Zac. 3) y lo que hace hasta el día de hoy por nosotros.

Cristo no desconoce nuestra vida imperfecta, pero habla favorablemente de nosotros ante su Padre, en virtud de lo que él logró en la cruz por nosotros. La solución de Cristo, la que toda la Deidad ideó para nuestra redención es definitiva; él tiene la última palabra.

Cada vez que nuestros sentimientos, nuestra inseguridad sobre el perdón; cada vez que creemos que la salvación se escurre entre nuestras manos… escuchemos cómo Dios nos habla sobre lo que él ve en nosotros por medio del accionar de su gracia.

“Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1 Corintios 13:12).

Estamos en medio de un proceso de santificación. Todavía podemos tropezar, pero nos volvemos a levantar. Resulta inspirador saber que Dios nos mira y nos conoce como un resultado consumado por su gracia. No es nuestra realidad actual, pero la será, y pronto. porqué así nos lo dice. Su palabra es final y definitiva.





Espectáculo al mundo

15 10 2010

Todo el mundo estuvo pendiente del rescate de los mineros. Cadenas internacionales de noticias estuvieron presentes cubriendo el acontecimiento tildado como “épico”.

Somos testigos de un milagro; de la cooperación entre el poder de Dios con el esfuerzo humano. El gozo y la alegría de cada familia no puede explicarse; los miramos, nos emocionamos, pero su experiencia es única, irrepetible.

No se escatimaron los gastos que serían necesarios, lo importante era traer de regreso a los 33, que estaba bien en el refugio, pero que estarían mucho mejor en su hogar. Para muchos de ellos, esta fue una jornada espiritual; jamás serán los mismos. Muchos encontraron o se reencontraron con Dios.

Cada uno de nosotros, lo sepamos o no, también espera un “rescate”. Lo soñamos y proyectamos conforme a nuestros intereses y prioridades. Para algunos constituye ganar la lotería; para otros es tener el trabajo soñado; la familia ideal, o la mujer de sus sueños. Como sea, esos hitos son un “rescate” de nuestra monotonía, rutina, o fracaso; o nos permiten sobresalir del montón. Aunque fundamentalmente, no hay nada malo en aquello; sería un error suponer que esos refugios temporales, pueden superar el hecho de estar en casa, en nuestro hogar, el verdadero hogar.

Esta tierra no es nuestro hogar. Nos brinda un refugio temporal, pasajero. Si Dios está presente, más aún; ya comenzamos a vivir la eternidad junto a él. Pero Dios no nos quiere dejar en este mundo. Este mundo es malo, es cruel, frío e inhóspito.

Un plan de rescate ya esta en acción; mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera, Dios ya estaba obrando el gran plan de salvación. Dios tampoco escatimó el costo: nos entregó la vida de su propio Hijo, quien voluntariamente se entregó.

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:18–20).

También somos testigos de este rescate: el que ha ocurrido cuando aceptamos a Cristo como nuestro salvador. Damos testimonio de él cuando vivimos conforme a la realidad de nuestro nuevo hogar, de nuestra nueva familia, no conforme a los principios de este refugio pasajero. Damos testimonio de él cuando contagiamos a otros con la idea, con el sueño, con la necesidad de ser rescatados.








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