Es gracias al Espíritu

14 01 2011

La Deidad está conformada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto lo sabemos gracias a lo que las Escrituras nos revelan.[1] Hubo un tiempo en donde el ser humano tuvo el privilegio de comunicarse cara a cara con Dios; lamentablemente, ya no tenemos ese privilegio. Sin embargo, Dios proveyó una manera mediante la cual él nos hablaría, a pesar del pecado que se interponía. El Espíritu Santo se encargaría de impresionar a ciertos hombres escogidos; estos hombres comunicarían el mensaje de Dios a la humanidad que lo necesitaba. A esto le llamamos inspiración: el proceso por el cual Dios revela su mensaje y capacita al hombre para comunicarlo.

Todo lo que conocemos del Antiguo Testamento se escribió por este medio. Pero la Deidad no se detendría ahí. Era deseable tener una comunicación más estrecha y personal. La Deidad determinó que era el tiempo indicado para enviar al Hijo (Gal. 4:4). Él, al hacerse hombre, nos lograría comunicar de una forma única la naturaleza de Dios. El propio evento de la encarnación fue una revelación extraordinario del amor de Dios por sus criaturas. Jesús, antes de poder ofrecernos su sacrificio en la cruz, debía cambiar nuestra percepción de Dios, es por eso que nos aclaró otros de sus objetivos al venir, mostrarnos al Padre:

“—Señor —dijo Felipe—, muéstranos al Padre y con eso nos basta. —¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: ‘Muéstranos al Padre’” (Juan 14:8–9, NVI).

Al revelarse tal cual es, el ofrecimiento de la Deidad nos resultaría atractivo. No es lo mismo recibir un regalo de un tirano (el concepto de Dios que muchos tienen hasta hoy) que de un Dios de amor. El Hijo nos reveló al Padre. Además, durante el tiempo que él estuvo en medio de nosotros, el Espíritu Santo guió su ministerio (Mat. 4:1; Luc. 4:1).

Hoy, el Espíritu Santo nos permite perpetuar la experiencia con la Deidad. Él nos permite la presencia constante del Hijo y, por consiguiente, del Padre, en nuestra vida (1 Juan 2:23). Al hablar del Espíritu, Jesús dijo:

“Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán. En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes”  (Juan 14:17–20, NVI).

Dios se reveló por medio del Espíritu en las Escrituras; luego por medio del Hijo guiado por el Espíritu; hoy, el Hijo se hace presente por medio del Espíritu Santo. Estas verdades nos revelan que la Deidad siempre trabaja unida. Hoy podemos experimentar toda la realidad de la Deidad por medio de la Persona del Espíritu Santo, que nos brinda la comunión con el Padre y con el Hijo (2 Cor 13:14).

Esta comunión la perdemos si creemos que el Espíritu en una fuerza con la cual es imposible sostener una relación personal e íntima.

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[1] Gen 1:26; 3:22; Isa. 6:8; Sal. 110:1; Isa 48:16; 61:1; Luc. 1:35; Juan 5:18; Hech. 5:4; Rom. 9:5; Filip 2:6; Tito 2:13; etc.








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