Una senda angosta pero una carga ligera

20 07 2010
Jesús asoció la experiencia cristiana que guía a la salvación de diversas maneras. En esta oportunidad, no revisaremos una de las parábolas rica en detalles, sino una comparación breve en forma de advertencia: un camino estrecho que conduce a una puerta angosta (Mat. 7:13, 14; Luc. 13:23, 24).
En febrero del 2008, mi esposa y yo fuimos a una reserva natural en la VII región de Chile llamada Altos de Lircay. Ahí pasamos nuestras vacaciones que consistieron en una excursión de ocho días en la naturaleza. Recorrimos paisajes hermosos y gozamos de la naturaleza como nunca antes. Lo mejor es que cada hora y día que pasaba, nuestras mochilas se hacían más livianas. Todos los senderos eran angostos, incluso cubiertos de piedras y tierra fina y profunda; pero transitarlos en ese entorno natural valió la pena. Ese viaje fue planificado con cuidado. Llevábamos lo esencial, nada de comodidades innecesarias; cualquier peso extra sería un problema. Ese fue el precio que tuvimos que pagar para disfrutar de un lugar tan hermoso.
Ahora, reflexionando sobre esa experiencia, entiendo un poco mejor lo que Jesús dijo en los pasajes aludidos. Las circunstancias son diferentes, pero los principios básicos son los mismos. En la vida cristiana, tanto el trayecto, cómo lo transitamos y el destino son importantes.
Antiguamente, los caminos principales recibían más atención y cuidado: eran los caminos más obvios al momento de elegir por donde viajar. Pero Jesús, al señalar el camino angosto, está comunicando una idea fundamental: el camino menos obvio, según el criterio humano, es el que conduce a la salvación. Un camino ancho brinda más comodidad, pero junto a ella, un transitar distraído y poco involucrado en la experiencia misma del viaje; se camina en ignorancia y distraído hacia la perdición.
El camino angosto conduce a una puerta estrecha, una que no es tan visible como la principal, por lo cual hay que buscarla intencionalmente. No se da con ella por azar, la encuentra quien hace una búsqueda deliberada. Denota una elección voluntaria, no casual o forzada.
Los caminos más angostos no eran los más llanos ni los más populares o transitados. Sin embargo, este tipo de camino obligaba al viajero a llevar una carga más ligera. Los caminos anchos ofrecían la tentación de llevar más de lo que era estrictamente necesario. Este bagaje adicional resultaba una tentación poderosa para los ladrones y dificultaba un avance expedito en el caso de una emergencia.
Estas realidades se ven reflejadas en nuestra experiencia cristiana actual. Debemos escoger cómo hemos de viajar: ¿Por un camino más difícil pero con una carga ligera, o un camino ancho pero con una carga más pesada? Normalmente se cree que es al revés: que mientras más ancho es el camino, más liviana y fácil de llevar es la carga, pues todo está permitido, nadie me puede decir qué hacer o cómo vivir; por otro lado, que el camino angosto nos obliga a llevar la pesada carga de las obligaciones morales y de una conducta intachable. Pero esta concepción está equivocada.
Dios desea abrirnos los ojos a la realidad: este mundo nos exige, diariamente, más de lo que imaginamos; a cambio, nos presta un lugar en el pedestal de arena movediza llamado “éxito”. Por otro lado Dios nos regala, sin merecerla, la salvación y el privilegio de su sustento en nuestro andar.
El apóstol Juan expresa: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15, 16). Los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida delinean un camino ancho y espacioso que muchos transitan actualmente. Caminan, corren y se desgastan en placeres momentáneos, pues no entienden que a cambio están transando lo más valioso que tienen: su propia vida. ¿Cuantas personas, ya viejas y gastadas, llegan a la realización de que drenaron sus mejores años, fuerzas y vitalidad en cosas que en la culminación de sus vidas no les reportan propósito o significado? Esta es la mayor de las cargas, un fardo que pesa inconscientemente sobre muchos. Ingenuamente buscan aliviar el peso de la inseguridad, del desamor y de las decisiones equivocadas con algo que los distraiga. Se vuelven presos y adictos de cosas que están demás, pero conviven con ellas porque hay espacio, caben; van por la senda ancha.
Juan arremete con una mejor alternativa: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:3, 4). Cuando permitimos que Dios saque adelante su voluntad en nuestra vida descubrimos el gozo de la obediencia. Es la obediencia que nace de un estilo de vida libre de los estereotipos cambiantes y sofocantes de este mundo, pero firmemente anclada en los principios eternos de la ley de Dios. Él, como buen Padre, nos da pocas reglas, pero son claras, efectivas y nos regalan la dicha de conocer nuestro destino: por su gracia, ser victoriosos como él lo es.
La imagen mental que se nos esboza con estas ideas no puede ser más contrastante. Un nombre que va por un camino angosto, de tránsito más difícil, pero lleva una mochila con el amor de Dios y su lealtad incondicional hacia él. En contraste, otro va por un camino cómodo y amplió, pero lleva en su espalda un fardo lleno de prejuicios, rencillas, ambición, deslealtad, superficialidades y dudas irresueltas.
Más importante que estos personajes y su equipaje es su destino; éste ha sido determinante en la sucesión de elecciones que los ha colocado en ese camino y los ha hecho lo que son. Es imposible anhelar la salvación y estar en el camino ancho y vice-versa.
No debemos temer andar por la senda angosta, pues conocemos hacia donde se dirige. Mateo 7:14 define el camino que conduce a la vida como “angosto”. El uso original de esta palabra tiene entre sus significados aplastar, comprimir o atribular. Es un camino que se encarga de quitar lo que sobra, lo que es un estorbo para llegar a la meta. Las pruebas en la vida cristiana no son infrecuentes, pero no se deben temer. Han de enfrentarse como parte de la disciplina necesaria para aligerar la carga; para sacudir el peso extra que este mundo nos ha obligado a llevar. No siempre es fácil, pero Jesús comparte esa tribulación con su yugo.
No es necesario esperar llegar al destino para que valga la pena transitar la senda cristiana. Mientras caminamos, Dios nos ha prometido que aunque la senda es angosta, su carga es ligera: “[...] hallareis descanso para vuestras almas; porque me yudo es fácil, y ligera mi carga (Mat. 11:29, 30).




Homosexualidad: Algunas ideas desde la Biblia

2 07 2010
La homosexualidad, o cualquier otra manera alternativa de sexualidad, no es un fenómeno reciente. La Biblia registra casos de incesto (Hijas de Lot), homosexualidad (hombres de Sodoma y Gomorra) y otras prácticas (Rom. 1:26-27), las cuales condena (Lev. 18:22). Hoy vivo en la principal ciudad latinoamericana que simpatiza con el mundo homosexual: Buenos Aires.
Como cristianos, debemos regirnos por lo que Dios ha dejado en su Palabra: la Biblia. Los principios que ella contiene reflejan el pensamiento de Dios y lo que el desea para nuestra propia felicidad.
Romanos 1:18-32, nos habla de la gente que ha preferido no probar el estilo de vida que Dios propuso, y que como consecuencia reciben lo que sembraron. Podríamos destacar algunos versículos:
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lasciva (apetito incontrolado) unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío (Rom. 1:22-27).
La Biblia condena la homosexualidad como tal. El hombre ha buscado otras maneras de relacionarse, pues ha encontrado que el plan de Dios no es lo suficientemente bueno (“Profesando ser sabios…”). Al buscar tener una mentalidad “más abierta”, se olvidó de Dios, remplazándolo por sus propias pautas morales, lo que trajo los resultados que vemos hoy (“recibiendo en si mismos la retribución debida a su extravío”): enfermedades de transmisión sexual en general, desordenes psicológicos, conceptos tergiversados de familia, etc.
La Biblia presenta un panorama que condena este tipo de prácticas. Pero ¿qué significa esto para el que tiene este estilo de vida? ¿Tiene esperanza? ¡CLARO QUE SI!
Dios, al mismo tiempo que condena la homosexualidad, ofrece perdón y restauración para el que la practica; de la misma que un alcohólico puede llegar a ser abstemio y sobrio. Dios no rechaza a nadie: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
Ya hemos visto que el carácter de Dios se refleja en su Palabra, y en forma definida en su ley, la que nos entrega pautas por las cuales vivir mejor. Sin embargo, esta ley, el plan de Dios, no es sólo para los que procuran hacer las cosas bien. También se le ofrece a los que siguen otras prácticas; “conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado.” (1 Tim. 1:9-11). La vida de tales personas puede cambiar, por eso la ley les muestra el primer paso: reconocer que Dios tiene un plan mejor.
En los tiempos del apóstol Pablo, existían personas que antes habían practicado este estilo de vida:
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Cor. 6:9-11).
Por la gracia y el perdón de Dios habían logrado cambiar de estilo de vida.
En resumen, nosotros recibimos de la Biblia una posición clara sobre este tema. Dios no se agrada en este tipo de práctica, por mucho que hoy este cada vez más común, “natural” o un derecho inalienale. Si creemos en Dios, y a la vez lo vemos como un Dios de amor que desea lo mejor para sus hijos, desearemos obedecerle. Es nuestra vida y nuestra felicidad, y como hijos de Dios encontramos eso en su voluntad.
Obedecer a Dios no es ser estrecho de mente, al contrario; es estar dispuesto a creer y avanzar en la vida, sin necesariamente saber lo que viene; sólo porque confío en él. Creer en Dios, desde este punto de vista, es incluso temerario y señal de valentía, pues cada día descubro algo más de él y de mi mismo. En ese caminar diario, veo que Dios nos dice que no hay lugar para la homosexualidad. Como tal, el homosexual sigue siendo una persona que Dios quiere salvar. Dios no agota su paciencia y su poder para que esa persona pueda cambiar.







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