Jesús asoció la experiencia cristiana que guía a la salvación de diversas maneras. En esta oportunidad, no revisaremos una de las parábolas rica en detalles, sino una comparación breve en forma de advertencia: un camino estrecho que conduce a una puerta angosta (Mat. 7:13, 14; Luc. 13:23, 24).
En febrero del 2008, mi esposa y yo fuimos a una reserva natural en la VII región de Chile llamada Altos de Lircay. Ahí pasamos nuestras vacaciones que consistieron en una excursión de ocho días en la naturaleza. Recorrimos paisajes hermosos y gozamos de la naturaleza como nunca antes. Lo mejor es que cada hora y día que pasaba, nuestras mochilas se hacían más livianas. Todos los senderos eran angostos, incluso cubiertos de piedras y tierra fina y profunda; pero transitarlos en ese entorno natural valió la pena. Ese viaje fue planificado con cuidado. Llevábamos lo esencial, nada de comodidades innecesarias; cualquier peso extra sería un problema. Ese fue el precio que tuvimos que pagar para disfrutar de un lugar tan hermoso.
Ahora, reflexionando sobre esa experiencia, entiendo un poco mejor lo que Jesús dijo en los pasajes aludidos. Las circunstancias son diferentes, pero los principios básicos son los mismos. En la vida cristiana, tanto el trayecto, cómo lo transitamos y el destino son importantes.
Antiguamente, los caminos principales recibían más atención y cuidado: eran los caminos más obvios al momento de elegir por donde viajar. Pero Jesús, al señalar el camino angosto, está comunicando una idea fundamental: el camino menos obvio, según el criterio humano, es el que conduce a la salvación. Un camino ancho brinda más comodidad, pero junto a ella, un transitar distraído y poco involucrado en la experiencia misma del viaje; se camina en ignorancia y distraído hacia la perdición.
El camino angosto conduce a una puerta estrecha, una que no es tan visible como la principal, por lo cual hay que buscarla intencionalmente. No se da con ella por azar, la encuentra quien hace una búsqueda deliberada. Denota una elección voluntaria, no casual o forzada.
Los caminos más angostos no eran los más llanos ni los más populares o transitados. Sin embargo, este tipo de camino obligaba al viajero a llevar una carga más ligera. Los caminos anchos ofrecían la tentación de llevar más de lo que era estrictamente necesario. Este bagaje adicional resultaba una tentación poderosa para los ladrones y dificultaba un avance expedito en el caso de una emergencia.
Estas realidades se ven reflejadas en nuestra experiencia cristiana actual. Debemos escoger cómo hemos de viajar: ¿Por un camino más difícil pero con una carga ligera, o un camino ancho pero con una carga más pesada? Normalmente se cree que es al revés: que mientras más ancho es el camino, más liviana y fácil de llevar es la carga, pues todo está permitido, nadie me puede decir qué hacer o cómo vivir; por otro lado, que el camino angosto nos obliga a llevar la pesada carga de las obligaciones morales y de una conducta intachable. Pero esta concepción está equivocada.
Dios desea abrirnos los ojos a la realidad: este mundo nos exige, diariamente, más de lo que imaginamos; a cambio, nos presta un lugar en el pedestal de arena movediza llamado “éxito”. Por otro lado Dios nos regala, sin merecerla, la salvación y el privilegio de su sustento en nuestro andar.
El apóstol Juan expresa: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15, 16). Los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida delinean un camino ancho y espacioso que muchos transitan actualmente. Caminan, corren y se desgastan en placeres momentáneos, pues no entienden que a cambio están transando lo más valioso que tienen: su propia vida. ¿Cuantas personas, ya viejas y gastadas, llegan a la realización de que drenaron sus mejores años, fuerzas y vitalidad en cosas que en la culminación de sus vidas no les reportan propósito o significado? Esta es la mayor de las cargas, un fardo que pesa inconscientemente sobre muchos. Ingenuamente buscan aliviar el peso de la inseguridad, del desamor y de las decisiones equivocadas con algo que los distraiga. Se vuelven presos y adictos de cosas que están demás, pero conviven con ellas porque hay espacio, caben; van por la senda ancha.
Juan arremete con una mejor alternativa: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:3, 4). Cuando permitimos que Dios saque adelante su voluntad en nuestra vida descubrimos el gozo de la obediencia. Es la obediencia que nace de un estilo de vida libre de los estereotipos cambiantes y sofocantes de este mundo, pero firmemente anclada en los principios eternos de la ley de Dios. Él, como buen Padre, nos da pocas reglas, pero son claras, efectivas y nos regalan la dicha de conocer nuestro destino: por su gracia, ser victoriosos como él lo es.
La imagen mental que se nos esboza con estas ideas no puede ser más contrastante. Un nombre que va por un camino angosto, de tránsito más difícil, pero lleva una mochila con el amor de Dios y su lealtad incondicional hacia él. En contraste, otro va por un camino cómodo y amplió, pero lleva en su espalda un fardo lleno de prejuicios, rencillas, ambición, deslealtad, superficialidades y dudas irresueltas.
Más importante que estos personajes y su equipaje es su destino; éste ha sido determinante en la sucesión de elecciones que los ha colocado en ese camino y los ha hecho lo que son. Es imposible anhelar la salvación y estar en el camino ancho y vice-versa.
No debemos temer andar por la senda angosta, pues conocemos hacia donde se dirige. Mateo 7:14 define el camino que conduce a la vida como “angosto”. El uso original de esta palabra tiene entre sus significados aplastar, comprimir o atribular. Es un camino que se encarga de quitar lo que sobra, lo que es un estorbo para llegar a la meta. Las pruebas en la vida cristiana no son infrecuentes, pero no se deben temer. Han de enfrentarse como parte de la disciplina necesaria para aligerar la carga; para sacudir el peso extra que este mundo nos ha obligado a llevar. No siempre es fácil, pero Jesús comparte esa tribulación con su yugo.
No es necesario esperar llegar al destino para que valga la pena transitar la senda cristiana. Mientras caminamos, Dios nos ha prometido que aunque la senda es angosta, su carga es ligera: “[...] hallareis descanso para vuestras almas; porque me yudo es fácil, y ligera mi carga (Mat. 11:29, 30).

