La homosexualidad, o cualquier otra manera alternativa de sexualidad, no es un fenómeno reciente. La Biblia registra casos de incesto (Hijas de Lot), homosexualidad (hombres de Sodoma y Gomorra) y otras prácticas (Rom. 1:26-27), las cuales condena (Lev. 18:22). Hoy vivo en la principal ciudad latinoamericana que simpatiza con el mundo homosexual: Buenos Aires.
Como cristianos, debemos regirnos por lo que Dios ha dejado en su Palabra: la Biblia. Los principios que ella contiene reflejan el pensamiento de Dios y lo que el desea para nuestra propia felicidad.
Romanos 1:18-32, nos habla de la gente que ha preferido no probar el estilo de vida que Dios propuso, y que como consecuencia reciben lo que sembraron. Podríamos destacar algunos versículos:
Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lasciva (apetito incontrolado) unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío (Rom. 1:22-27).
La Biblia condena la homosexualidad como tal. El hombre ha buscado otras maneras de relacionarse, pues ha encontrado que el plan de Dios no es lo suficientemente bueno (“Profesando ser sabios…”). Al buscar tener una mentalidad “más abierta”, se olvidó de Dios, remplazándolo por sus propias pautas morales, lo que trajo los resultados que vemos hoy (“recibiendo en si mismos la retribución debida a su extravío”): enfermedades de transmisión sexual en general, desordenes psicológicos, conceptos tergiversados de familia, etc.
La Biblia presenta un panorama que condena este tipo de prácticas. Pero ¿qué significa esto para el que tiene este estilo de vida? ¿Tiene esperanza? ¡CLARO QUE SI!
Dios, al mismo tiempo que condena la homosexualidad, ofrece perdón y restauración para el que la practica; de la misma que un alcohólico puede llegar a ser abstemio y sobrio. Dios no rechaza a nadie: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
Ya hemos visto que el carácter de Dios se refleja en su Palabra, y en forma definida en su ley, la que nos entrega pautas por las cuales vivir mejor. Sin embargo, esta ley, el plan de Dios, no es sólo para los que procuran hacer las cosas bien. También se le ofrece a los que siguen otras prácticas; “conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado.” (1 Tim. 1:9-11). La vida de tales personas puede cambiar, por eso la ley les muestra el primer paso: reconocer que Dios tiene un plan mejor.
En los tiempos del apóstol Pablo, existían personas que antes habían practicado este estilo de vida:
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Cor. 6:9-11).
Por la gracia y el perdón de Dios habían logrado cambiar de estilo de vida.
En resumen, nosotros recibimos de la Biblia una posición clara sobre este tema. Dios no se agrada en este tipo de práctica, por mucho que hoy este cada vez más común, “natural” o un derecho inalienale. Si creemos en Dios, y a la vez lo vemos como un Dios de amor que desea lo mejor para sus hijos, desearemos obedecerle. Es nuestra vida y nuestra felicidad, y como hijos de Dios encontramos eso en su voluntad.
Obedecer a Dios no es ser estrecho de mente, al contrario; es estar dispuesto a creer y avanzar en la vida, sin necesariamente saber lo que viene; sólo porque confío en él. Creer en Dios, desde este punto de vista, es incluso temerario y señal de valentía, pues cada día descubro algo más de él y de mi mismo. En ese caminar diario, veo que Dios nos dice que no hay lugar para la homosexualidad. Como tal, el homosexual sigue siendo una persona que Dios quiere salvar. Dios no agota su paciencia y su poder para que esa persona pueda cambiar.