La iglesia es el “cuerpo organizado de Cristo en la tierra” (1JT, 396). Conociendo nuestras debilidades e incompetencias nos preguntamos, ¿cómo estaremos a la altura de tamaña responsabilidad? Dios tiene una solución para la incapacidad humana: los dones del Espíritu Santo.
Uno de los problemas que amenaza la efectividad de los dones es el individualismo; el afán de creer que esos dones son una virtud propia que nos recomiendan ante Dios. Un espíritu así genera disputas y divisiones, menoscabando además, el valor de nuestros hermanos. Sobre esta realidad Pablo comenta: “Pero toda estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11); “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (12:18). Ante la acción soberana de Dios, el individualismo del hombre debe rendirse. Si hay alguna virtud en mis dones y talentos es solo porque Dios así lo quiso. No soy mejor que mi hermano, simplemente cumplo una función diferente en el plan soberano de Dios.
“Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente” (1 Cor. 12:31). Fundamentalmente, Pablo quiere establecer que tener un don no es tan importante como saber expresarlo. Existe algo que sobrepasa cualquier don que uno pudiera tener. Aquello es el amor. El amor le da sentido al uso de los dones que Dios entregó, siendo el amor mismo el don más grande. Todos tenemos al menos la posibilidad de éste don. La falta de amor limita el mensaje evangélico a un mero balbuceo sin sentido (13:1), anula la influencia del cristiano al punto de no existir (13:2) y elimina todo servicio útil a la comunidad (13:3).

El amor permite al cristiano velar por el bienestar del cuerpo, pues, si el cuerpo está sano, él también lo estará; aquí muere el individualismo (12:26). Sin amor, no puede haber comunión con el cuerpo, y en esa comunión participo con Cristo. Todo esto no lo pueden hacer los dones, pues son transitorios: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia se acabará” (13:8).
Incluso la esperanza y la fe (dones de Dios para el corazón humano) no pueden reemplazar la obra del amor. “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (13:13). La fe y la esperanza nos relacionan con la salvación, sin embargo, el amor es la realización misma de la salvación hoy.
El amor de Dios ha perseverado en nosotros. Su amor invariable hace posible que podamos apropiarnos de su salvación a pesar de nuestros defectos y pecados. Dios nos entrega esa misma tarea para ser manifestada en nuestras relaciones humanas dentro y fuera de la iglesia. “El amor es sufrido, es benigno… Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (13:4, 7). El amor es el sello de un discipulado verdadero. El cristiano, por tanto, persevera en amor, nunca se rinde con respecto a su hermano; sabe sobrellevar sus defectos e interpreta las diferencias como una herramienta de Dios para que se complementen en el trabajo asignado a la iglesia.
¿Qué necesita la iglesia hoy? Pablo nos responde: Gente que en amor ha sabido interpretar el lugar y función que Dios le asignó para su gloria aquí en la tierra. El mismo amor de Dios que no se dio por vencido al vernos en nuestros pecados, es el mismo amor que hará que los diversos miembros se acepten y actúen como cuerpo, reproduciendo hoy la obra de Cristo en la tierra.



