Egipto: Una de la mayores civilizaciones de la historia se desarrolló a orillas del rio Nilo hace más de 5.000 años atrás. Una de sus principales preocupaciones era lo que sucedía después de la muerte; en cierto sentido, era más importante que la vida
misma. Osiris era el dios del submundo y gobernaba a los muertos. Ellos creían que cuando un faraón moría, se convertía en este dios y gobernaba el submundo. Para ellos, la persona realmente no moría, sino que su espíritu vivía eternamente… si es que se seguían todas las indicaciones necesarias al momento de su deceso. Los que más tenían acceso a estos preparativos eran los faraones, los nobles y la gente acaudalada. El mayor símbolo de esta idea fueron las pirámides. La primera se construyó para el faraón Zoser (2650- 2575 a.C.), por su arquitecto Imhotep.
Griegos y romanos: Estos pueblos compartían la creencia en un submundo adonde la mayoría se iba al morir. Allí eran gobernados por el dios Hades, quien le daba su nombre a este “lugar”.
Sin embargo, también existían los Campos Elíseos (considerados como el paraíso) a donde iban los héroes a los que los dioses les habían dado la inmortalidad (con el tiempo, se consideró que toda persona piadosa iba a ese lugar también). Por
otro lado, estaba Tártaro, que era un lugar de castigo, debajo del Hades, a donde iban los malvados.
Ugarit (actualmente en Siria): Los sepulcros contaban con ductos hechos de arcilla. Estos permitían que la familia le hiciera llegar alimentos y sobre todo distintos brebajes a sus difuntos. Tenían la noción de que los muertos de hecho “vivían” en sus sepulcros. Esto explica el gran tamaño de estos. Esta práctica también era observada en la antigua Creta.
Aztecas: Dentro de su mitología habían tres destinos para los que morían. Aquellos que murieron ahogados, golpeados por un rayo, o como el resultado de la lepra, hidropesía o la gota, se iban a los jardines del dios de la lluvia, Tlaloc. Por otra parte los guerreros muertos en combate y los viajeros, al igual que las mujeres que morían al dar a luz, se iban al cielo, como compañeros del sol. Todos los demás, al momento de morir, se iban a la morada de Mictlantecuhtli (el dios de la muerte), bajo los desiertos del norte. Allí peregrinaban por cuatro años hasta el noveno
infierno hasta desaparecer por completo.
Es increíble cómo la imaginación humana divaga cuando acepta el engaño de Satanás, “No moriréis” (Gén. 3:4). Dios tiene una solución definitiva para la muerte. Él se encargará de ponerle fin a esta enemiga (ver Oseas 13:14) y le dará la vida eterna a todo aquel que cree en él (Juan 3:16).