Últimamente, el mundo nos ha presentado diversos escenarios que nos obligan a reflexionar: “¿Qué está pasando?”
No es la primera vez –ni será al última– que el ser humano se haga esta pregunta. Grandes civilizaciones ya vieron el ocaso de su gloria y se desmoronaron con esta misma pregunta en su mente.
En la actualidad, nos aquejan diversas crisis económicas y sociales. Cada país las vive con ciertos matices que responden a su capacidad de administrarlas, pero ninguna capacidad los hace inmunes. Grandes economías están tambaleando, y junto a ese temblor oscilan quienes dependen de ellas.
Otros frentes como la salud y la educación acaparan los titulares en diversos países, revelando una crísis que trasciende el gobierno de turno. En definitiva, todas las crisis trascienden al gobierno de turno, ya sea de izquierda o derecha; rojo o azul…
En casos como estos, es prudente buscar a Dios. De hecho, casi todas las crisis abren grietas en nuestra forma de vida que permiten un lugar para Dios. No es lo ideal, pero es un espacio que Dios no va a desaprovechar. Sin embargo, ¿por qué buscarlo? ¿Para que nos solucione el problema? Si este es el caso, ¿en qué plazo? ¿de acuerdo a qué criterios?
Sería triste que buscáramos a Dios solo para perpetuar nuestro esquema actual, pero sin sus consecuencias inevitables y lamentables: pedirle que nos de estabilidad financiera, sin dejar que nos quite el egoísmo y la avaricia; rogar que nos de salud, sin permitir que él cambie nuestros hábitos; implorar igualdad e integración social, sin dejar de pensar en mis derechos y privilegios, mientras ignoro mis deberes…
En tiempos de crísis, muchos profetas invitaron al pueblo a que buscara a Dios. Sin embargo, en muchas de estas ocasiones, la crisis igual se desarrollaría hasta sus últimas consecuencias, pero los fieles serían preservados –tal vez en condiciones poco ideales– hasta que Dios restaurara todas las cosas. La invitación a buscar a Dios no era para huir de las consecuencias inmediatas de la crisis, sino, para ser preservado hasta que Dios restaurara todo conforme a su buena voluntad.
Hoy, las condiciones no son diferentes. En el Apocalipsis, Juan registra diversas invitaciones de Dios para volvernos a él, para buscarlo en estos tiempos peligrosos (ver Apoc. 14:6-13; 18:1-4, entre otros). Sin embargo, esta invitación esta en un contexto que Dios define: el fin de los esquemas humanos. Estas son buenas noticias, si reconocemos que estos esquemas nos han causado todos estos problemas. Para no tener estos problemas, debemos renunciar a los esquemas, los nuestros, los de esta humanidad. No hay otra manera.
No busquemos a Dios como una solución a los problemas, si, al mismo tiempo, nos aferramos a los esquemas de este mundo. La solución definitiva de Dios es algo nuevo, hecho conforme a sus designios, no los nuestros…
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas” (Apoc. 21:1, 3–5).

La muerte es como un viaje que algunos hacen sin “de vuelta”, para el cristiano que Dios conoce, la parada antes de la llegada final. Alguien dijo jocosamente, “la muerte no es tan mala porque nadie ha vuelto para quejarse de ella”. Esto que suena a chiste ayuda a entender la dimensión de este tema, que para muchos será cuestión de análisis, reflexión y estudio (como le dijo Leopold a Kate) pero para unos pocos, un intruso que no es bienvenido y que será eterminado prontamente.