Algunos argumentan que el Espíritu Santo no es Dios, sino la “fuerza activa” de Dios. Un medio instrumental por el cual Dios opera en el ser humano. El Espíritu Santo podría, entonces, ser obtenido por medio de ciertas disciplinas espirituales, ya que es un “poder” a nuestra disposición. Sin embargo, esto difiere mucho de lo que las Escrituras presentan sobre él.
Uno de los autores bíblicos que más usa la expresión “Espíritu de Dios” es Pablo. Veremos qué nos dice el apóstol en algunos pasajes.
“Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2:11). El apóstol nos comunica que el espíritu del hombre es capaz de conocer lo que es de su misma naturaleza: las cosas del hombre. De la misma manera el Espíritu de Dios, conoce lo que es de su misma naturaleza: a Dios. La conclusión es que el Espíritu es divino en naturaleza, y no solo una emanación o poder de Dios.
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). En este pasaje se revela un aspecto de la personalidad del Espíritu Santo. La comprensión inductiva de que no contristemos al Espíritu nos refleja que estamos delante de un ser personal divino, no una fuerza impersonal.
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rom. 8:14). La dirección del Espíritu revela que tiene inteligencia y voluntad. Estas cualidades solo pueden describir a un ser personal. Como su dirección revela que conoce los propósitos de Dios para sus hijos, vemos que se confirma el mismo principio de 1 Cor. 2:11: el Espíritu es divino, pues conoce íntimamente aquello que es de su misma naturaleza.
El testimonio de Jesús es más significativo aún. Revisemos algunas de sus palabras.
“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mat. 12:31, 32). Dos principios se pueden extraer de este pasaje: (1) No se puede pecar contra una fuerza impersonal. Sin embargo, este pasaje tiene sentido si el Espíritu Santo es un ser personal, como lo es Jesús (contra quien se puede pecar; v. 32). (2) Todo pecado es ofensivo para Dios, pero mientras no rechacemos su invitación al arrepentimiento, aún existe solución. El Espíritu Santo no puede ser de una naturaleza inferior a la de Jesús ni a la del Padre, ya que el pecado en contra de él es determinante. Este tema no es de poca importancia. Todos los evangelios sinópticos registran estas palabras de Jesús (Mar. 3:28-30; Luc. 12:10).
“porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Luc. 12:12). Nuevamente, el Espíritu Santo instruye, conoce, sabe, las verdades divinas. Esto es posible porque es una persona divina, no una fuerza impersonal.
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16). Este es uno de los pasajes más claros en cuanto a la divinidad y la personalidad del Espíritu Santo. Cuando Jesús lo denomina como “otro”, está distinguiéndolo de si mismo, naturalmente atribuyéndole una identidad y personalidad propia. Por otro lado, cuando Juan dice que Jesús también es un parakletos (“abogado [parakleton] tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” – 1 Juan 2:1), el cuadro queda completo: el Espíritu santo se distingue de Cristo, pero comparte sus cualidades y naturaleza: es otro igual a él. La palabra griega para “otro” (allos), distingue lo numérico o cuantitativo, pero no lo cualitativo, como lo hace eteros. Aunque, en general, los autores bíblicos usan estos términos en forma intercambiable, el contexto, además de la distinción específica de allos, nos brinda la claridad para establecer esta verdad de forma natural.