¡¡¡Siempre una oportunidad!!!

11 09 2008

Jesús ilustró la gracia de Dios de diversas formas.  Usó parabolas constantemente para mostrar de manera cercana y comprensible la bondad de Dios para con el hombre.  Una de ellas el la del Patrón de la Viña (Mateo 20:1-16).

A las 6, 9, 12, 15 y 17 horas del día el patrón salió a buscar obreros para su viña.  Con los primeros establece el acuerdo de un denario por la jornada; a los restantes, lo que sea justo.  El día transcurre con aparente normalidad.  El calor y el trabajo duro (v.12) dejan a los trabajadores cansados, especialmente a los que laboraron desde las 6 de la mañana.  El desenlace ya es conocido.  Al momento de recibir la paga, los últimos en llegar (los que trabajaron sólo una hora) recibieron un denario.  Ya nos podemos imaginar lo que pensaron los de las 6 de la mañana: “Sin duda nos pagará más, proporcionalmente corresponde, hemos trabajado más que ellos…”  Grande fue su chasco y desilusión cuando el pago fue el mismo: un denario.  Que ese haya sido el acuerdo no les importó, ellos estaban totalmente enfocados en la “injusticia” de lo que acababa de ocurrir.  El trabajo que en algun momento les iría a reportar su ganancia y sustento, su ingreso para sustentar a su familia… una bendición para ellos, terminó convirtiéndose en el motivo de su enojo y frustración.  No comprendían la lógica del patrón y estaban ofendidos por su generosidad.

Así es la salvación, dijo Jesús.  Dios anhela que todos se salven.  Sin embargo, también sabe que no todos aceptarán su sacrificio en la cruz, así como no todos los desempleados de esa región fueron a esa plaza aquel día buscando trabajo.  Si pudiesemos comparar el día que abarca la parábola con nuestra vida, y cada instancia en donde el patrón buscó más trabajadores con las oportunidades y el tiempo que poseemos… una enseñanza muy valiosa sale a la vista.  Dios no está tan preocupado con el tiempo perdido, sino, con una vida malgastada.  Algunos han encontrado a Jesús temprano en su vida, y tienen el privilegio de haber pasado más tiempo con el Señor.  Por lo mismo, sus vidas se han visto enriquecidas con bendiciones que no siempre se pueden medir, pesar o avaluar monetariamente.  Otros lo hayan tarde y logran disfrutar muy poco de su compañía. Pero, independiente de la hora en la que nos encontremos en nuestra vida, si aceptamos la invitación de nuestro Señor, nuestra vida tiene sentido, es plena, pues ha encontrado salvación.  La salvación se ofrece por igual a todos; Dios no conoce a hijos de primera o segunda categoría, todos son salvos por igual.

Si piensas que ya es demasiado tarde para conocer a Jesús y darle una oportunidad para trabajar en tu vida… recapacita.  Nunca es tarde.  Mientras haya aire en tus pulmones, tu corazón lata y tengas vida… ¡¡¡siempre hay una oportunidad!!!

Por otro lado, si llevas tiempo caminando con Jesús ¡¡¡no te confundas!!!  No mereces más que otros, ni eres mejor que ellos.  Sigues necesitando la gracia de Dios cada día en tu vida.  Si hemos de disfrutar nuestro cristianismo, no lo veamos como trabajo, requisitos u obras, pues eso no nos da derecho al cielo.  Lo único que nos abre las puertas del cielo es la cracia de Dios; la misma que salvó a un campeón de la fe como Pablo y a un anónimo ex-ladrón en la cruz.





“Vanidad” en la Biblia

1 09 2008

El término “vanidad” aparece 75 veces en la Biblia (Reina-Valera 1960). Su uso es mayoritario en el libro de Eclesiastés (28 veces), siguiéndole Salmos (10 veces). Otros libros como Isaías y Jeremías empatan con 8 registros de esta palabra.

El los Salmos, “vanidad” se usa como un adjetivo de la naturaleza humana; pasajera, mortal, perecedera y débil. Figura, también, asociada a la necedad o mentira (Sal. 144:8).

En Eclesiastés, se usa para reflejar lo tedioso y pasajero de la vida; la rutina que nos absorbe y que poco aporta para lo que realmente hace trascendente nuestra vida: el respeto y asombro ante Dios (Ecl. 12:14). Alude también al esfuerzo humano por buscar y construir la felicidad por sus propios medios; proyecta la fugacidad del gozo para quien lo busca sin Dios (Ecl. 2:1, 11). Incluso el conocimiento y la riqueza, como base de nuestro intento por darle sentido a nuestra vida, carece de trascendencia; es pasajero, es vano (Ecl 2:15; 4:8). Todo lo que no dura, lo que es perecedero, no es importante ante la fugacidad de la vida. Eclesiastés presenta que aquello no brinda felicidad ni paz ante la inminente muerte de todo ser humano.

En Isaías se refleja la idolatría (Is. 41:29) y la necedad de no buscar a Dios (44:9-18) con esta palabra. Los planes y proyectos personales que interfieren con la voluntad perfecta de Dios, también son retratados con este término (Is. 58:9; 59:4). Jeremías sigue una línea de pensamiento muy similar. Reitera la noción de “vanidad” como idolatría (Jer. 10:3-5) y la necedad de ignorar a Dios (Jer. 14:14). La noción de mentira o engaño también está presente (Jer. 16:19).

Las dos veces que aparece en el NT (Rom. 8:20; Efe. 4:17) se usa el mismo vocablo griego “mataiotes”. Significa básicamente, vaciedad, futilidad, frustración y transitoriedad. Son términos actuales que reflejan muy bien la condición humana sin Dios; condición que se alcanza cuando no se alimenta el corazón y la mente con los principios de vida divinos, ni se busca la gracia de Dios para satisfacer nuestra carencia.

Hasta aquí, hemos visto que en realidad no se habla de joyas, pinturas, modas, etc., con lo cual normalmente asociamos “vanidad” estos días. Sin embargo, los principios y actitudes en juego son los mismos que llevan a alguien a buscar en esta “vanidad moderna” la felicidad, proyección o realización personal. El énfasis en la belleza y lo estético para fomentar un modelo de vida ideal está lejos de ser el correcto. La belleza y la salud no son eternos; son pasajeros, son vanos. Enfatizar y depender de un elemento estético, vanidoso, para ser “alguien” en la vida es el camino equivocado. Tan equivocado como era para el pueblo de Israel adorar a ídolos que nada podían hacer, o hacerle caso a mentiras que nada podían hacer para cambiar la realidad de sus faltas contra Dios. Es confiar y depender de factores superficiales, externos y pasajeros, lo que constituye el problema básico de la vanidad en cualquiera de sus formas.

Es en este contexto, que Pablo y Pedro entregan sus consejos a la iglesia cristiana. La iglesia estaba iniciándose, y se encontraba expuesta a muchas influencias que la podrían llevar a quitar sus ojos de la eternidad y fijarse más en las cosas que brillan y encandilan de este mundo. Pablo escribió “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (1 Tim. 2:9, 10). Pedro agrega “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Ped. 3:3, 4).

Lo que ellos buscan este no nos dejemos engañar por las apariencias. El ser humano tiene algo que lo hace más bello y hermoso que lo que la estética y vanidad puede aportar; un corazón limpio y regenerado por la gracia de Dios, alguien que no tiene nada que temer del futuro y cuyo pasado está escondido en el perdón de Dios. Eso finalmente se refleja en el rostro y en nuestra disposición ante la vida. Esa es la verdadera belleza, la que no se acaba, pues Dios la ha puesto en nuestra vida.