Un espejo roto

19 06 2008

Ayer terminó la jornada de investigación sobre creación y evolución en el campus de la UNACH.  Diversos temas fueron presentados, algunos netamente científicos, otos de caracter bíblico, y aún otros que presentaban la dinámica entra ambos campos.

Si hay una “conclusión” general a la cual se pudo llegar, es que independiente de las evidencias que uno pueda obtener gracias a la ciencia investigativa, la interpretación de la misma va a depender de la cosmovisión que uno posea.  Esta visión de mundo es decisiva al momento de sopesar la evidencia que está al alcance de ambos; creacionistas y evolucionistas por igual.

La cosmovisión humanista/naturalista de la cual surge el evolucionismo es el resultado de un chasco.  El hombre había contemplado por mucho tiempo a Dios por medio del primsa de la iglesia medieval.  Ésta, lamentablemente había caido en el error de superponer la filosofía (Aristóteles mayormente) y los acuerdos conciliares por sobre las Escrituras.  Además, supusieron una situación fracamente contradictoria.  Por un lado se creía en una interpretación figurada de la Biblia, en especial en cuanto al relato de los origenes (San Agustín), pero por otro lado se enfatizaba la literalidad de las descripciones fenomenológicas que aparecen en la Escritura (el sol se “pone” o “nace”, etc).  Esto los llevó a ser intransigentes con los nuevos descubrimientos del siglo 16 sobre es cosmos y el nuevo modelo heliocéntrico.  La rígidez de la iglesia, la aparente incapacidad de la Biblia de explicar nuestros origenes y naturaleza llevó al hombre a independizarse del Creador y de su revelación; pero en el fondo lo que estaban rechazando era la forma como se les habían presentado por la iglesia, pero no notaron la diferencia; todo fue “echado dentro del mismo saco.”

Surge, entonces la intención humana de explicar su propia existencia.  Sin Dios y lo sobrenatural, el resultado inevitable fue el evolucionsimo: naturalista, materialista; básicamente, humanista.

Se rechazó la consmovisión divina por considerarla inadecuada (y de hecho lo estaba por las manipulaciones hechas por la iglesia), reemplazandola por una que al menos era da manufactura de la razón (en aquella época deificada), y por lo tanto considerada más confiable.

El único problema es el siguiente: la Biblia no es la responsable de aquella cosmovisión equivocada que llevó al hombre iluminista a revelarse.  Si leyesemos la Biblia sin presuposiciones filosóficas y conciliares en mente, nos daríamos cuenta que presenta una visión de Dios que es plenamente “razonable” con las obervaciones y mediciones de la naturaleza hechas por la ciencia actual.  La Biblia nos invita a que aceptemos la acción sobrenatural de Dios, pero en todo aquello que es “natural” y medible, no se observa una contradicción con la narrativa bíblica.  Mas bien, la Biblia al no entregar una descipción exhaustiva y científica de lo ocurrido, deja la puerta abierta para que el hombre, reconociendo la acción sobrenatural de Dios, pueda maravillarse y emprender su busqueda dentro del ambito natural.

“En el principio, creó Dios…” siguen siendo palabras poderosas y significativas.  Gracias a ellas podemos contemplarnos como realmente Dios quiso que fueramos; hechura suya, con propósito y sentido en él.  El humanismo ha roto ese espejo en el cual nos podíamos contemplar como creación de Dios, pero no es tarde para reevaluar con qué cosmovisión me quedo para darle sentido a mi origen y destino.


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