Hay una serie de reflexiones sobre el amor apareciendo en un canal abierto en Chile. Generalmente tienen que ver con no provocar dolor, problemas y sentimientos negativos a quien se ama de verdad. Estás ideas sin duda constituyen un conjunto de ingredientes necesarios en el amor, pero ¿podríamos decir que sintetizan su escencia? ¿Es el amor solo no causar dolor al otro? ¿Será que el amor puede producir dolor y seguir existiendo como tal? ¿Será que hay cosas que se hacen por amor, que inevitablemente traerán dolor a quien corresponde ese amor?
“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.” -Juan 11:33-36.
Lázaro estaba enfermo, y dado a que Jesús esperó dos días, finalmente murió. ¿Por qué esperó Jesús, si tenía el poder de sanarlo, evitando asi el dolor de María y Marta, como de los judíos que las acompañaban? ¿Por qué, si le amaba y eran grandes amigos, permitió que muriese?
Para responder estas preguntas debemos intentar conocer la naturaleza del amor de Jesús. Su amor no es simplista ni irresponsable. Un amor tal habría sanado a Lázaro de inmediato, sin poner en la balanza otros elementos que estaban en juego en la vida de Lázaro y sus hermanas. No olvidemos que a Jesús le quedaba poco tiempo antes de morir. No serían muchas las oportunidades que María y Marta tendrían para seguir fortaleciendo su fe en el Maestro. Jesús sabía esto. Conocia a sus amigos bien. Podía discernir que no bastaba con un milagro de sanidad, sino que debían ser confrontadas en su fe en cuanto a él, y de una manera tal que las preparase para cuando él ya no estuviera a su lado.
Cuando Marta sale al encuentro de Jesús, ella expresa la seguridad de que “en el día postrero” (11:24) volvería a ver a su hermano; no se dá cuenta que ante ella se encontraba “la resurrección y la vida” (v.25): Jesús mismo. Su relación y dependencia de Dios se basaba en las cosas que sabía, pero todavía no percibía la intervención de Dios en su vida como una relación directa con Jesús. Todas la promesas de Dios se hacen reales en Jesús. Le faltaba experimentar lo que significaba creer en Jesús como “el hijo de Dios que [ha] venido el mundo” (v.27). Su fe debía ser fortalecida para los momentos que vendrían, cuando Jesús ya no estaría, pero sus promesas quedarían. Lo mismo pasaba con María. Ambas debían ser ejercitadas en su fe; que no se limitara a ciertas estructuras supuestas, sino que diera plena libertad para que Dios actuara soberanemente, incluso si no entendían. Jesús debía ser responsable ante esta necesidad, y no solo de la enfermedad de Lázaro. Su amor lo llevó a atender y considerar los aspectos incomodos en la ayuda del prójimo. Como dice el refrán, debía enseñarles a pescar (fe fortalecida) y no solo darles un pez (sanidad). Ese aprendizaje no viene fácil. Jesús sabía eso; no desconocía el dolor que María y Marta experimentaría. Sin embargo, era necesario para ante la ausencia de Jesús, su fe y confianza en Dios no se desmoronara.
El amor debe hacerse responsable de quienes ayuda y sustenta. Esa responsabiblidad no es fácil. Cualquier padre sabe eso. Nuestro Padre Celestial también; mejor que nadie.

