Recientemente estuve leyendo el Salmo 120. Es uno de los breves; solo 7 versículos. El salmista clama a Dios porque siente la angustia asociada al lugar en donde se encuentra habitando (no está en su hogar; las circunstancias lo han obligado a huir). Sabe que la mentira y el engaño caracterizan a quienes lo rodean, y eso no lo deja vivir en paz. ”¡Ay de mi que moro en Mesec… entre las tiendas de Cedar!” (v.5). Este clamor se debe a que los que ahí habitan “aborrecen la paz” (v.5), pero el es “pacífico” (v.6). Hay un contraste que lo incomoda y le duele en su ser. No se puede sentir a gusto, pues el sabe que es hijo de un Dios de Verdad, no de engaño y mentira. También sabe que no le sirve de nada caer en la usanza de quienes lo rodean: “¿Qué te dará, o qué te aprovechará, oh lengua engañosa?” (v.3). El salmista no quiere ceder al juego de los malvados; ha escogido la verdad como actitud suprema, y eso lo hace estar incomodo…Como cristianos, ¿nos sentimos incomodos o cómodos en este mundo tal cual está? ¿Hemos bajado la guardia y acomodado a los patrones de quienes nos rodean? Debemos entender que la incomodidad del cristiano ante un mundo corrupto es una necesidad, es nuestro termostato; mide cuanto nos hemos mimetizado o no con las conductas y actitudes de esta sociedad postmoderna.
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