Ideas humanas sobre la muerte

21 09 2011

Egipto: Una de la mayores civilizaciones de la historia se desarrolló a orillas del rio Nilo hace más de 5.000 años atrás. Una de sus principales preocupaciones era lo que sucedía después de la muerte; en cierto sentido, era más importante que la vida misma. Osiris era el dios del submundo y gobernaba a los muertos. Ellos creían que cuando un faraón moría, se convertía en este dios y gobernaba el submundo. Para ellos, la persona realmente no moría, sino que su espíritu vivía eternamente… si es que se seguían todas las indicaciones necesarias al momento de su deceso. Los que más tenían acceso a estos preparativos eran los faraones, los nobles y la gente acaudalada. El mayor símbolo de esta idea fueron las pirámides. La primera se construyó para el faraón Zoser (2650- 2575 a.C.), por su arquitecto Imhotep.

Griegos y romanos: Estos pueblos compartían la creencia en un submundo adonde la mayoría se iba al morir. Allí eran gobernados por el dios Hades, quien le daba su nombre a este “lugar”. Sin embargo, también existían los Campos Elíseos (considerados como el paraíso) a donde iban los héroes a los que los dioses les habían dado la inmortalidad (con el tiempo, se consideró que toda persona piadosa iba a ese lugar también). Por
otro lado, estaba Tártaro, que era un lugar de castigo, debajo del Hades, a donde iban los malvados.

Ugarit (actualmente en Siria): Los sepulcros contaban con ductos hechos de arcilla. Estos permitían que la familia le hiciera llegar alimentos y sobre todo distintos brebajes a sus difuntos. Tenían la noción de que los muertos de hecho “vivían” en sus sepulcros. Esto explica el gran tamaño de estos. Esta práctica también era observada en la antigua Creta.

Aztecas: Dentro de su mitología habían tres destinos para los que morían. Aquellos que murieron ahogados, golpeados por un rayo, o como el resultado de la lepra, hidropesía o la gota, se iban a los jardines del dios de la lluvia, Tlaloc. Por otra parte los guerreros muertos en combate y los viajeros, al igual que las mujeres que morían al dar a luz, se iban al cielo, como compañeros del sol. Todos los demás, al momento de morir, se iban a la morada de Mictlantecuhtli (el dios de la muerte), bajo los desiertos del norte. Allí peregrinaban por cuatro años hasta el noveno infierno hasta desaparecer por completo.

Es increíble cómo la imaginación humana divaga cuando acepta el engaño de Satanás, “No moriréis” (Gén. 3:4). Dios tiene una solución definitiva para la muerte. Él se encargará de ponerle fin a esta enemiga (ver Oseas 13:14) y le dará la vida eterna a todo aquel que cree en él (Juan 3:16).





“No busques a Dios si es que…”

9 08 2011

Últimamente, el mundo nos ha presentado diversos escenarios que nos obligan a reflexionar: “¿Qué está pasando?”

No es la primera vez –ni será al última– que el ser humano se haga esta pregunta. Grandes civilizaciones ya vieron el ocaso de su gloria y se desmoronaron con esta misma pregunta en su mente.

En la actualidad, nos aquejan diversas crisis económicas y sociales. Cada país las vive con ciertos matices que responden a su capacidad de administrarlas, pero ninguna capacidad los hace inmunes. Grandes economías están tambaleando, y junto a ese temblor oscilan quienes dependen de ellas.

Otros frentes como la salud y la educación acaparan los titulares en diversos países, revelando una crísis que trasciende el gobierno de turno. En definitiva, todas las crisis trascienden al gobierno de turno, ya sea de izquierda o derecha; rojo o azul…

En casos como estos, es prudente buscar a Dios. De hecho, casi todas las crisis abren grietas en nuestra forma de vida que permiten un lugar para Dios. No es lo ideal, pero es un espacio que Dios no va a desaprovechar. Sin embargo, ¿por qué buscarlo? ¿Para que nos solucione el problema? Si este es el caso, ¿en qué plazo? ¿de acuerdo a qué criterios?

Sería triste que buscáramos a Dios solo para perpetuar nuestro esquema actual, pero sin sus consecuencias inevitables y lamentables: pedirle que nos de estabilidad financiera, sin dejar que nos quite el egoísmo y la avaricia; rogar que nos de salud, sin permitir que él cambie nuestros hábitos; implorar igualdad e integración social, sin dejar de pensar en mis derechos y privilegios, mientras ignoro mis deberes…

En tiempos de crísis, muchos profetas invitaron al pueblo a que buscara a Dios. Sin embargo, en muchas de estas ocasiones, la crisis igual se desarrollaría hasta sus últimas consecuencias, pero los fieles serían preservados –tal vez en condiciones poco ideales– hasta que Dios restaurara todas las cosas. La invitación a buscar a Dios no era para huir de las consecuencias inmediatas de la crisis, sino, para ser preservado hasta que Dios restaurara todo conforme a su buena voluntad.

Hoy, las condiciones no son diferentes. En el Apocalipsis, Juan registra diversas invitaciones de Dios para volvernos a él, para buscarlo en estos tiempos peligrosos (ver Apoc. 14:6-13; 18:1-4, entre otros). Sin embargo, esta invitación esta en un contexto que Dios define: el fin de los esquemas humanos. Estas son buenas noticias, si reconocemos que estos esquemas nos han causado todos estos problemas. Para no tener estos problemas, debemos renunciar a los esquemas, los nuestros, los de esta humanidad. No hay otra manera.

No busquemos a Dios como una solución a los problemas, si, al mismo tiempo, nos aferramos a los esquemas de este mundo. La solución definitiva de Dios es algo nuevo, hecho conforme a sus designios, no los nuestros…

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas” (Apoc. 21:1, 3–5).





¿Después o antes?

29 06 2011

Por lo que observo, el ser humano reflexiona –de fondo o de forma– después que ocurren eventos significativos en su vida. Rara vez anticipamos esos momentos y nos “obligamos” a vivir conforme a ellos, aunque tarden en llegar.

En este proceso, algo tuvieron que ver los griegos –para variar. El concepto griego de conciencia era retrospectivo. La idea era repasar los eventos del día –o del periodo que fuera– siempre que estuviera en el pasado. Luego, al reflexionar en esos eventos, se podían dilucidar las “grandes conclusiones” necesarias para vivir una buena vida.

Creo que esto tiene su validez, después de todo, es innegable que podemos aprender de nuestros errores. Alguien dijo por ahí que el hombre sabio aprende de los errores de los demás, el inteligente aprende de sus propios errores, y el necio no aprende nunca. Sin embargo, ¿es el mejor camino?

El concepto bíblico es diferente. Dios nos invita anticiparnos a los eventos, a las decisiones, a situaciones que definirán nuestra vida para bien o para mal. Como anticipé al inicio de esta entrada: fijar los eventos deseables para mi vida –los que he aprendido a creer que son posibles por lo que Dios me ha revelado– y vivir conforme a ellos, aunque tarden en ocurrir; pero cuando ocurran, estaremos preparados. Nuestras acciones no serán meras reacciones acaloradas e improvisadas; serán actitudes y principios puestos en acción.

El sabio Salomón lo expresó de la siguiente manera:

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 12:1, RVR60).

El salmista también expresó:

“En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti” (Salmos 119:11, RVR60).

Jesús lo corroboró:

“Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Marcos 13:33, RVR60).





Ningún poder humano

10 06 2011

“Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mi vendrá, dijo Jehová” (Isa. 54:17).

Esta promesa esta precedida por la descripción de cómo sería habitar en Jerusalén en la era Mesiánica. La descripción de la ciudad tiene el mismo sentir que los pasajes de Apocalipsis que hacen exactamente lo mismo (Isa. 54:11-14; Apoc. 21:9-27). Esta y otras promesas no se cumplieron con el Israel étnico, pero quedaron disponibles para la Iglesia Cristiana –a la cual todos están invitados a pertenecer.

Cuando Dios desea bendecir a su pueblo con paz, ningún poder humano le puede hacer frente. Todo poder proviene de Dios, e incluso las grandes naciones que en algún momento oprimieron al pueblo escogido, lo hicieron porque Dios lo permitió en su momento (cf. Isa. 54:15, comparar con Isa. 39:6-8; 42:24, 25). Sin embargo, ha llegado el tiempo en que el pueblo de Dios tenga paz.

Dos cosas garantizan esta paz: (1) La ineficiencia de quienes buscan impedir el plan de Dios, y (2) la inocencia de los hijo de Dios. Las armas no prosperarán, y los redimidos y su vida semejante a la de Cristo condenaran las palabras mentirosas que se levanten contra ellos.

Aquí hay dos planos que trabajan en sincronía: la intervención sobrenatural y la respuesta humana. Es bueno que así sea; lo humano como tan solo una respuesta a lo que Dios hace de manera soberana. En este contexto se forja la herencia, la posesión eterna de los hijos de Dios. Nadie se las quitará, nadie la podrá destruir; ese es el deseo de eterno de Dios para ellos.









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